(Nota de la autora: una primera versión de este post fue publicada, en forma de artículo, para el número 297 de la Revista Educadores, de Escuelas Católicas)
Una urgencia educativa: acompañar ciudadanos globales
Educación. Sostenibilidad. Ciudadanía Global. Agencia. Transformar el mundo.
Releo de nuevo el título de esta entrada del blog, y considero la potente carga semántica de los términos que se reúnen en él. La relectura me lleva, inmediatamente, a una reflexión sobre el momento histórico desde el que reviso este artículo para su publicación. 11 de septiembre del 2026, en el 25º aniversario del 11-S, el peor atentado terrorista que hemos vivido en el orbe. Con un conflicto bélico en Oriente Medio que lleva meses escalando vertiginosamente y amenaza con extenderse por doquier. Somos educadores y ciudadanos de un mundo y un orden geopolítico que se nos está rompiendo, donde la multilateralidad y el Derecho Internacional parecen ignorarse o haber quedado obsoletos. Estamos inmersos en esa realidad que Jamais Casio ha bautizado como BANI- Brittle, Anxious, Non-Linear, Incomprehensible; ese mundo polarizado, que nos llena de incertidumbres y miedos; de crisis interconectadas donde el ritmo de los cambios se acelera exponencialmente. Esta realidad que requiere nuevos marcos de comprensión y nuevas herramientas para transitar por todos los desafíos actuales y hacerlos frente.
Ante este escenario, la educación no puede permanecer indiferente. ¿Cuál debería ser el propósito de educar, pues, en este momento de incertidumbres que atraviesa la humanidad? Como lingüista de primera formación (me licencié en Filología en los lejanos años 90 del siglo pasado), vuelvo siempre a lo esencial de las palabras: su etimología. Educar tiene una doble raíz, pues deriva del latín educare (criar, nutrir o dotar de conocimiento) y educere (conducir hacia afuera, guiar, acompañar al educando hacia su realización). La suma de ambas acepciones refleja su doble propósito: por un lado, educare nos lleva a la formación y transmisión de conocimientos, habilidades y hábitos que se deben movilizar dentro de una comunidad; por otro lado, educere hace hincapié en configurar la comprensión de la realidad circundante, la construcción de la identidad, el florecimiento del potencial individual y su impacto en la sociedad de la que el individuo participa. Como en la semilla que lleva dentro el árbol que será, cada educando lleva en sí un infinito potencial para compartir con el mundo y transformarlo. De la educación que ofrezcamos hoy dependerá, en gran medida, que florezcan ciudadanos con ética, compromisos, deberes, conscientes de sus derechos y dispuestos a defenderlos ante quienes los quieran atropellar. Ciudadanos capaces de participar activamente, con creatividad y pensamiento crítico, en esta compleja “aldea global” del siglo XXI, y construir nuevas formas de ser y estar que reconstruyan este orden roto del que hablaba arriba. Nos jugamos mucho en ello.
Así que, como educadores, los desafíos que actualmente enfrenta la humanidad nos interpelan cada vez con más fuerza y nos urgen a pasar a la acción, modificando en gran medida nuestra mirada pedagógica, y exigiéndonos acompañar a los educandos de una forma más valiente, más comprometida. La educación nunca es neutral y en esta realidad BANI, más que nunca, debemos mantener una mirada utópica para seguir avanzando, una mirada esperanzada que cree en su poder transformador. Es ineludible la urgencia de atender desde la escuela aquellas problemáticas globales que nos afectan como seres humanos porque, en definitiva, son el tejido y el contexto con el que trabajamos y que podemos transformar juntos, en nuestros ecosistemas educativos, para construir una realidad más halagüeña. Como nos recordaba el Papa Francisco, necesitamos cambios rápidos, sistémicos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos, si queremos abordar los crecientes desafíos causados por el Antropoceno, salvaguardar y cuidar la “Casa Común” (Encíclica Laudato Sí), así como trabajar por una política y economía al servicio del Bien Común, la fraternidad universal y la amistad social como modelo humano (Encíclica Fratelli Tutti). Solo así estaremos realmente dando herramientas útiles para transitar por la “vida real” que nos ha tocado, o tal y como dice el Anexo III de la LOMLOE cuando habla de las Situaciones de Aprendizaje, “ofrecer al alumnado la oportunidad de conectar y aplicar lo aprendido en contextos cercanos a la vida real (… y) fomentar aspectos relacionados con el interés común, la sostenibilidad o la convivencia democrática, esenciales para que el alumnado sea capaz de responder con eficacia a los retos del siglo XXI.”
Los retos del siglo XXI a los que la educación debe dar respuesta
¿Cuáles son, entonces, esos retos del siglo XXI a los que las pedagogías transformadoras deben atender? ¿Y cómo los articulamos en dimensiones claras para poderlos trabajar desde una Educación para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía Global?
Invito al lector en este momento a hacer un viaje mental en el tiempo por algunos de los hitos históricos desde los inicios de este siglo XXI, siendo consciente de que es una mirada sesgada y necesariamente incompleta, para hacernos una idea del “colapso civilizatorio” al que nos enfrentamos. Arrancamos en el 11-S de 2001, con el ataque de las Torres Gemelas en Nueva York, del que ha pasado ya un cuarto de siglo (aunque parezca mentira). Seguimos recordando el atentado del 11-M en 2004 en Madrid, del que ahora se cumplen 22 años. Luego llegó la guerra en Siria, una devastación y crisis humanitaria sin precedentes y millones de desplazados, y con una duración total de casi 14 años, desde marzo de 2011 hasta diciembre de 2024, cuando se derroca al gobierno de Bashar al-Assad. Entre medias, en 2020 llega la pandemia de COVID-19 que azotó al planeta… los desafíos contemporáneos se van sucediendo a velocidad cada vez más vertiginosa. Actualmente hemos entrado en el quinto año de guerra en Ucrania (que comenzó el 24 febrero del 2022), arrastramos más de dos años del conflicto de Gaza (iniciado el 7 octubre del 2023), y mientras escribo asistimos, impotentes, a meses de enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán, y con la crisis humanitaria que se ha abierto en Ceuta con la irrupción masiva de más de 80.000 inmigrantes africanos llegados desde Marruecos…. Por no extendernos más en otros conflictos violentos de los que no hablan tanto los medios, como los que están activos en Pakistán y Myanmar, la compleja situación en el Sahel y el terrorismo de los integristas islámicos, la violencia constante en bastantes rincones de la geografía latinoamericana, o la guerra civil en Sudán.
Miremos ahora a España, para centramos esta vez en otro tipo de colapso, el ambiental. Solo desde el 29 de octubre de 2024 al verano de 2026 hemos sufrido las devastadoras inundaciones por la DANA en Valencia y Albacete; los dos peores veranos de incendios de la historia en lo que se tiene de registros, con casi 360.000 hectáreas calcinadas en agosto de 2025 (de ello y mi vivencia en primera persona hablé en este otro post) y un saldo de más de 412.000 hectáreas con el balance de todo el año 2025, o la terrible repetición de fuegos en 2026, en que llevamos un saldo total de cerca de 296.500 hectáreas calcinadas. También en lo que llevamos de año, hemos sufrido diecisiete borrascas atlánticas de alto impacto, probablemente relacionadas con la ralentización de la AMOC (Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico). Casi estamos agotando, con Regina, el orden alfabético para las iniciales de nombres de estos temporales…
Es la nueva (a)normalidad en la que nos estamos instalando, una en la que las emergencias se convierten en la tónica diaria, mientras vemos en las noticias los efectos en las comarcas más castigadas de Extremadura y Andalucía durante la oleada de temporales que les azotaron al inicio de la primavera de 2026. Una nueva (a)normalidad que lleva aparejados, por supuesto, numerosos problemas económicos y sociales.
La educación transformadora tiene que hacerse cargo, pues, de retos, múltiples e interconectados, que trascienden nuestras fronteras locales, regionales y nacionales. No han dejado de aumentar en número y complejidad en la década que ha transcurrido desde la Resolución de la Agenda 2030, en septiembre del 2015, hasta el momento actual. Y, sin embargo, por momentos parece que la sociedad banaliza estos retos y se está anestesiando. No podemos, ni debemos, acostumbrarnos a convivir con esta realidad apocalíptica, que se difumina y se procesa, paradójicamente, como un cúmulo de incidencias sobrevenidas y aisladas. Si no nos lo tomamos en serio desde la educación y movilizamos la capacidad de agencia que tenemos educadores y educandos, nos va a tragar una ola reaccionaria que avanza por todo el orbe, cuestionando las evidencias y a las instituciones científicas por recordar que el mundo es finito y que no se puede sacrificar todo en aras de un extractivismo depredador con el que hemos superado ya siete de los nueve límites planetarios, según el Centro de Resiliencia de Estocolmo.

Fuente: Pixabay. Generada con IA
Desarrollo Sostenible: ¿qué queremos “sostener” realmente?
La educación transformadora debería, pues, plantearse qué merece la pena desarrollar, cuando hablamos de “desarrollo sostenible”. Un término que resulta, ya sabemos, cuanto menos discutible, pues fue postulado a partir de los años 70 por un defensor de los planteamientos de la Escuela de Chicago como Henry Kissinger, desterrando para siempre el término “ecodesarrollo”, mucho más ambicioso en su planteamiento, ya que unía de forma directa la ecología y la justicia social, y que era el preferido en esa época. Pero no nos desviemos del tema.
¿Qué queremos “sostener”? ¿Sostendremos desde nuestras escuelas la ilusión de un crecimiento lineal e infinito, cada vez más imposible en un escenario de clara contracción material, que nos lleva a la destrucción de la naturaleza, a conflictos y guerras por los recursos, a las desigualdades y a brechas de todo tipo entre los más y menos favorecidos? ¿O, por el contrario, estamos hablando de desarrollar y sostener los valores de respeto a la biosfera, la fraternidad y la comprensión entre los pueblos, la equidad, la justicia social y la solidaridad? Y a la hora de construir un mundo mejor en que podamos convivir en paz ¿cómo ordenamos todo lo que nos queda por acometer, antes de ponernos manos a la obra?
Creo que la Educación para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía Global se puede articular en torno a tres grandes dimensiones (Domínguez y Teba, 2025):
Dimensión de la Sostenibilidad, para fomentar en los educandos una conciencia crítica sobre aspectos como el consumo, los modos de producción y la conservación de los recursos naturales, reconociendo la interdependencia planetaria y la responsabilidad compartida que todos tenemos para garantizar un futuro para la humanidad y el respeto por la “casa común”. Esta dimensión implica trabajar con retos como la pérdida de biodiversidad y la sexta extinción masiva; el crecimiento de la población humana y sus consecuencias (inseguridad alimentaria, bancarrota hídrica, presión sobre los recursos, deforestación y contaminación); la superación de los límites planetarios, o la salud, en las tres dimensiones que define la OMS- física, mental y social- junto al enfoque One Health, que reconoce la interconexión crítica entre la salud humana, animal y ambiental.
Dimensión de la Interculturalidad, que trasciende la mera coexistencia de culturas diversas, para promover un reconocimiento y un diálogo horizontal y enriquecedor entre ellas. Esta dimensión implica trabajar por una “mentalidad internacional” en la que conocer y valorar la diversidad cultural y las diversas cosmovisiones como patrimonio de la humanidad y como recurso de importancia primordial para la resolución de los conflictos globales. Dentro de esta dimensión, podremos examinar con nuestros educandos los siguientes retos: identidad cultural; Derechos Humanos; homogeneización y procesos de apropiación cultural; flujos migratorios internacionales y refugiados climáticos; gestión de la diversidad; el combate al racismo y la exclusión; la comunicación no violenta y la cultura de paz.
Dimensión de las Desigualdades, que implica un compromiso con la justicia social transnacional y la cultura de paz, a la vez que reconoce que las disparidades económicas, tecnológicas, políticas y sociales trascienden fronteras nacionales y requieren respuestas coordinadas a nivel global. Dentro de esta dimensión, podríamos trabajar con los educandos los siguientes retos: escalada de los conflictos armados y efectos en la población civil; desigualdades económicas y de desarrollo entre el Norte y el Sur Global; desigualdades en el acceso a agua potable e inseguridad alimentaria; debilidad de las democracias actuales; desigualdades y brechas de género; desigualdades y brechas en la digitalización y el acceso a la información, junto a la sobreexposición digital y los retos de educar al Homo Digitalis; efectos de la automatización y los conflictos geopolíticos en el sector laboral (desempleo para los jóvenes y los perfiles menos cualificados) y fragilidad del comercio internacional.
Desde el trabajo de estas tres dimensiones y los temas asociados a ellas, la Educación para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía Global es una oportunidad magnífica para educar ciudadanos (“glocal, piensa en global, actúa en local”) comprometidos con la comunidad de la que forman parte, tomar conciencia de sus retos y participar de forma activa y responsable en la aldea global. Porque, como dice António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas,
“Estamos librando una batalla por nuestras vidas. Pero es una batalla que podemos ganar”.

Fuente: Pixabay.
La escuela como agente estratégico en el marco de la Agenda 2030 y los ODS; el marco EDS para 2030 y el Pacto Educativo Global.
Para ayudarnos a articular la ingente tarea de “transformar el mundo desde la escuela”, impulsando la agencia de nuestro alumnado, podemos tomar como referencia varios marcos. El primero de ellos, ampliamente conocido y trabajado en instituciones educativas de todo el mundo, es la Agenda 2030 de la UNESCO, con sus 17 ODS-Objetivos de Desarrollo Sostenible, que se agrupan en las “5 P”: Personas, Planeta, Prosperidad, Paz y Alianzas/Partnership. Destacamos en la Agenda 2030, de manera especial, el ODS 4 (educación de calidad) y la Meta 4.7, pues es la más relacionada con la Educación para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía Global. Dicha meta queda planteada del siguiente modo:
“De aquí a 2030, asegurar que todos los alumnos adquieran los conocimientos teóricos y prácticos necesarios para promover el desarrollo sostenible, entre otras cosas mediante la educación para el desarrollo sostenible y los estilos de vida sostenibles, los derechos humanos, la igualdad de género, la promoción de una cultura de paz y no violencia, la ciudadanía mundial y la valoración de la diversidad cultural y la contribución de la cultura al desarrollo sostenible”.
La segunda referencia importante es el marco EDS para 2030 de la UNESCO, cuyo objetivo es aumentar la conciencia y la acción para transformar el mundo. El marco EDS propone que los ciudadanos globales deben desarrollar, con la ayuda de la educación, ocho competencias para la sostenibilidad: pensamiento sistémico (analizar los sistemas complejos y lidiar con la incertidumbre); anticipación (comprender y evaluar múltiples escenarios futuros, y aplicar el principio de precaución); competencia normativa (reflexionar sobre normas y valores que subyacen en nuestras acciones); competencia estratégica (acciones innovadoras aplicadas colectivamente y que nos lleven a la sostenibilidad); competencia de colaboración (empatía y abordamiento de conflictos en grupo); competencia de pensamiento crítico (cuestionar normas, prácticas y opiniones); autoconciencia (reflexionar sobre el rol que cada uno de nosotros desarrollamos en nuestros contextos, a nivel local y mundial) y competencia integrada de resolución de problemas (aplicar distintos marcos de resolución de problemas a retos de sostenibilidad complejos). A su vez, el marco EDS de la UNESCO indica que se deben tener en cuenta tres dimensiones integradas en el aprendizaje para el Desarrollo Sostenible: el aprendizaje cognitivo, el aprendizaje socioemocional y el aprendizaje conductual.
El tercer marco para impulsar una educación transformadora y a los agentes de cambio desde nuestras escuelas que me gusta mencionar es el Pacto Educativo Global. Esta iniciativa fue impulsada por el Papa Francisco el 15 de octubre 2020, y sigue muy viva hoy en día. Se fundamenta en siete compromisos clave:
- Poner en el centro de todo proceso educativo formal e informal a la persona, su valor y su dignidad.
- Escuchar la voz de los niños, adolescentes y jóvenes para construir juntos un futuro de justicia y de paz.
- Fomentar la plena participación de las niñas y de las jóvenes en la educación.
- Tener a la familia como primera e indispensable educadora.
- Educar y educarnos para acoger, abriéndonos a los más vulnerables y marginados.
- Comprometernos a estudiar para encontrar otras formas de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso, al servicio de la persona, en la perspectiva de una ecología integral.
- Salvaguardar y cultivar nuestra Casa común, protegiéndola de la explotación de sus recursos y siguiendo los principios de la solidaridad y de la economía circular.
Para hacer realidad estos compromisos, el Pacto se articula en cinco áreas de acción: dignidad y derechos humanos; fraternidad y cooperación; tecnología y ecología integral; educación y promoción de la paz y la ciudadanía; y cultura y religiones. El nuevo pontífice, León XIV, ha anunciado recientemente que retomará y actualizará el proyecto.
Integrando la sostenibilidad desde la cultura institucional, las competencias docentes y la gestión del centro.
Cuando incorporamos la Educación para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía Global en nuestras escuelas, estamos promoviendo para los educandos y para el resto de los agentes educativos (Equipo Directivo, educadores, familias, alianzas del contexto…) enfoques y prácticas muy relevantes para promover una ciudadanía crítica, responsable y comprometida con la construcción de un mundo más justo, equitativo y respetuoso con las personas y el Planeta. Desde esa mirada, es evidente que la integración de la sostenibilidad, con sus tres dimensiones, ambiental, social y económica, no puede considerarse como un conjunto de actividades aisladas, sino como un eje vertebrador del proyecto educativo, alineado con los desafíos locales y globales. Convertir una comunidad educativa en una “escuela transformadora” que sea capaz de imaginar y construir conjuntamente otros futuros más halagüeños, requiere estar en constante conexión y diálogo con el entorno que nos rodea, para poder incidir en su transformación comunitaria, que conducirá más tarde a la transformación sistémica. Como nos recuerdan Alberto Rico y Simón Menéndez en su libro Una educación que transforma (2024), cuando los educandos tienen experiencias de acción social en edades tempranas, es más probable que desarrollen identidad y competencias como agentes de cambio que los lleven a toda una vida de compromiso con la transformación. Por eso, la infancia y la juventud debe tener oportunidades y recursos abundantes para aprender a transformar su entorno. Nos parece muy pertinente, aquí, recordar la escalera de participación infantil y juvenil de Roger Hart, que ordena en ocho niveles el grado en que los educandos participan en lo escolar y social. Esta escalera nos puede servir para una reflexión profunda sobre si estamos permitiendo, realmente, que nuestros educandos sean agentes de cambio que impulsen la transformación del mundo desde la escuela, como decíamos en el título de este artículo.

Imagen generada con IA por la autora, a partir del modelo de participación infanto juvenil de Hart (1992)
Para el resto de agentes educativos, acompañar estas transformaciones integradas que nos llevan en un viaje desde el cambio personal hacia el institucional/comunitario y el sistémico, será igualmente una poderosa llave para impulsar nuevas formas de ser y estar en el mundo, que nos liberen de la ecoansiedad, desánimo y temores que nos asaltan al transitar por el mundo BANI, a la vez que nos reconectan con un propósito y un sentido superior en nuestra labor de educar.
A la hora de articular esa integración interconectada de las tres dimensiones de la sostenibilidad (ambiental, social, económico) en nuestras escuelas, viene de nuevo a darnos luz el marco de la EDS para 2030, de la UNESCO. En su documento Educación para el Desarrollo Sostenible: hoja de ruta (2020), la UNESCO prescribe cuatro ejes para trabajar a nivel institucional, invitándonos a una Educación para el Desarrollo Sostenible que nos ayude a “vivir lo que aprendemos”; o, dicho de otro modo, a “aprender transformando, transformar aprendiendo”. Estos cuatro ejes son: 1) Políticas de Gobernanza y desarrollo de la capacidad de los educadores 2) Dependencias y funcionamiento de la escuela 3) Alianzas y relaciones con la comunidad; y finalmente 4) Enseñanza y aprendizaje del plan de estudios.

Imagen generada con IA por la autora, a partir del documento Educación para el Desarrollo Sostenible: hoja de ruta de la UNESCO (2020)
Si tenemos en cuenta un trabajo integrado de estos cuatro ejes, estaremos asegurando el desarrollo de las competencias propias del liderazgo educativo transformador: pensamiento sistémico, al visualizar nuestra escuela como un ecosistema vivo e interconectado, no como una realidad aislada de su barrio, pueblo, ciudad…, e integrando tecnología, sostenibilidad y bienestar humano; gestión estratégica sostenible, con un enfoque organizacional a largo plazo que integra objetivos económicos, ambientales y sociales (criterios ESG) en la toma de decisiones para crear valor duradero; liderazgo ético, fomentando la dignidad, el respeto a la diversidad y el bienestar de las personas por encima de los resultados puramente académicos o económicos; colaboración y participación comunitaria, al activar una cultura de «creatividad y sabiduría colectiva», donde los equipos colaboran para solucionar problemas; e innovación contextualizada, al tener en cuenta los retos de nuestro contexto más inmediato y ayudar a resolverlos.
En cuanto al desarrollo de la capacidad de los educadores, quiero mencionar la excelente publicación Ser y Saber. Perfil docente para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía global. (2023), desarrollado por la Alianza 4.7, y disponible en la Recursoteca de nuestros amigos del Movimiento 4.7. Su propuesta para un perfil docente sirve como brújula que aporta ideas, dirección y cierta claridad en el viaje de la Educación para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía Global, y se concibe como un horizonte que marca el rumbo para un desarrollo personal y profesional vinculado y comprometido con el entorno cercano y lejano, alimentando conexiones y transformaciones en los retos compartidos. Este perfil docente cubre cuatro dimensiones: la competencia personal del SER (con rasgos como la escucha, la compasión, la indignación, el compromiso, el liderazgo, la responsabilidad, la resiliencia, la presencia y la trascendencia); las competencias comunitarias en el SER CON OTRAS y OTROS (cuyos rasgos son la defensa del bien común, la interdependencia, el cuidado, el construir comunidad, la cooperación y la justicia global); la competencia cognitiva del SABER (con aspectos como la transformación ecosocial, la interculturalidad crítica, la decolonialidad, la interseccionalidad, la coeducación, el tratamiento de la diversidad y la ecología integral); y finalmente las competencias didácticas del SABER HACER (con procedimientos como el acompañamiento de procesos de transformación personal, el uso de metodologías crítico-reflexivas, experienciales y socio-emocionales, el impulso de prácticas para la incidencia y la acción transformadora, la transversalización de contenidos y enfoques en su praxis educativa, y la evaluación sin juicio para generar nuevos aprendizajes y mejorar).
BIBLIOGRAFÍA- PARA SABER MÁS
- Aguado, G. (Coord). (2023). Ser y Saber. Perfil docente para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía global. Alianza 4.7. https://4punto7.org/ser-y-saber/
- Domínguez, D., y Teba, E. (2025) ¿Qué es la ciudadanía global? en Neubauer, A.,y Fernández Aragón, C. (Coord). La ciudadanía global en la práctica educativa. (pp. 11-32). Narcea.
- Fares, F. (Coord.) (2022). Informe La Educación Transformadora para la Ciudadanía Global en el Sistema Educativo Español. Movimiento por la educación transformadora y la ciudadanía global. https://4punto7.org/educacion-transformadora-para-la-ciudadania-global/
- Rico, A. y Menéndez, S. (2024) Una educación que transforma: experiencias de educación transformadora para un mundo de agentes de cambio. Fundación Ashoka-Emprendedores sociales.
- UNESCO (2020) Educación para el Desarrollo Sostenible: hoja de ruta. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000374896





