Volando voy, volando vengo, por el camino yo me entretengo.
Esta historia que vengo a contar hoy a los lectores sucedió hace unos días, volviendo de uno de mis viajes de trabajo. Soy muy afortunada por poder dedicar buena parte de mi tiempo profesional a acompañar a docentes, equipos directivos, alumnado y familias de instituciones educativas por todo el territorio español y en algunos países de Latinoamérica. Es una vida trepidante, en la que no cabe rutina y en la que me llevo muchísimo aprendizaje de todas las personas y organizaciones a las que acompaño. Un camino de constante crecimiento, que me genera gratitud a diario.
En esta ocasión, tomaba un avión de vuelta al aeropuerto de Madrid Barajas desde Tenerife Norte Los Rodeos. Volvía de un humor excelente, aunque había sido un viaje relámpago de dos días y casi no me había dado tiempo, como otras veces, de disfrutar de Santa Cruz de Tenerife o perderme en un paseo tranquilo y sin rumbo fijo por las calles de La Laguna. No obstante, me embargaba un estado de felicidad y calma por haber podido trabajar con Carla, una formadora y compañera de aventuras extraordinaria, y por haber acompañado de nuevo a un claustro de profesores con los que llevo ya una relación de años, que podemos calificar de fluida y excelente. Es un claustro al que he visto crecer en sus inquietudes, en su praxis, en sus proyectos de aula y de centro. Me volvía para casa, además, con la naturaleza, la luz, los olores y la buena “vibra” que suele transmitirme cualquier rincón de las Canarias. No en vano, el sobrenombre con el que muchos nos referimos al archipiélago es “Islas afortunadas” y yo lo soy por poder visitarlas a menudo en mis aventuras educativas.

Ya en el aeropuerto, todo había ido como la seda. El control de equipaje había sido tranquilo, no me habían hecho abrir la maleta, ni volver a retroceder porque había olvidado vaciar de agua mi botella de aluminio… No había saltado el chequeo aleatorio de viajeros que tanto me fastidia por lo que supone de pérdida de tiempo, si bien intento siempre sonreír a la persona que, probablemente de tan poca gana como yo, tiene que pasarme por la cintura y la palma y el reverso de las manos la laminita de papel reactivo para comprobar que el pasajero no lleva sustancias prohibidas encima…
Me encontraba ya en la puerta de embarque, a la que había llegado con tiempo de sobra. Incluso me había encontrado con una buena amiga de profesión que viajaba también a Madrid en un avión de otra compañía aérea. Su avión salía un poco antes que mi vuelo, y su puerta estaba muy cerca (quien conoce Los Rodeos, sabe que es un aeropuerto muy amable y de dimensiones casi “familiares” comparado con la T4 de Barajas, a la que me dirigía). En fin, que todo estaba siendo estupendo.
Compañeras de viaje
El embarque sucedió sin mayores anécdotas, y subí a la aeronave. Mi asiento era el central en una fila de tres, así que coloqué mi equipaje de mano en el compartimento superior y, como era consciente que aún quedaban bastantes personas por embarcar, no me abroché aún el cinturón, para poder facilitar el paso al viajero que tuviera el asiento de ventanilla.
El avión se iba llenando y sorprendentemente no llegaba nadie a ocupar los asientos a mi izquierda o mi derecha. Los lectores se pueden imaginar que, con disimulo, yo cruzaba los dedos porque la situación se mantuviera así. Soy consciente de que ocupar todos los asientos de la cabina es lo más sostenible en un viaje aéreo, máxime con toda la culpabilidad que siempre me persigue por la huella ecológica que dejo cada vez que tomo un avión… pero viajar en clase turista en casi cualquier compañía no es, precisamente, disponer de un “espacio vital” muy amplio durante el trayecto, y mis piernas son largas. En definitiva, que iba ya soñando con el momento en que el comandante dijera a la tripulación lo de “embarque finalizado, procedemos al cierre de puertas”, y quedarme sola para poder estirar mi persona en el exiguo espacio.
Cuando ya casi era la hora de despegar y parecía que el feliz acontecimiento se iba a producir, la veo llegar. A ella, a la verdadera protagonista de esta historia de hoy. Una mujer de mediana edad, rubia, alta, de rictus muy serio, se acerca con la azafata hasta la altura de mi asiento. La sonrío y la miro a los ojos, interrogante, para averiguar si su asiento es el de ventanilla o el que da al pasillo. “Vaya, qué lástima”, me digo, y hago amago de levantarme para dejar pasar a la mujer. Me responde, secamente y sin devolverme la sonrisa, “no, no te muevas, que mi asiento es el del pasillo”, y se acomoda. Le digo, todavía con la sonrisa puesta, “entonces, si no te importa, me siento en ventanilla y así estamos las dos más anchas durante el trayecto”. Ni me mira, pero al moverme yo hacia la izquierda inmediatamente coloca su bolso de mano (enorme, por cierto) en el asiento que yo acabo de liberar, y se expande en el espacio, dando con uno de sus pies una pequeña patada a mi mochila del ordenador, que aún no había tenido tiempo de mover de debajo del asiento.
Lenguaje chacal, lenguaje jirafa
He de reconocer que en ese momento me siento invadida y molesta. Supongo que los lectores pueden visualizar la situación… Entro a enjuiciar a esa desconocida con pensamientos de este tipo: “Caray, qué antipática. No solo no es capaz de sonreír, ni de responder, es que no ha perdido un segundo en ocupar todo el espacio”. Y sigo con mis pensamientos y rumiación, imaginando las razones por las que un ser humano muestra formas tan bruscas, lleva las comisuras de sus labios tan tensas y es incapaz de tener el más mínimo gesto de urbanidad con la viajera que va a llevar a su lado durante tres horas de su vida. Mientras nos preparamos para el despegue, sigo regodeándome en el juicio, mientras la miro de reojo: “qué pena vivir así, como enfadada con el mundo. Desde luego, hay gente que se desayuna cuatro de litro de vinagre por las mañanas” y blablabla. Sigue mi monólogo interno, lleno de “lenguaje chacal”.

Por fin despegamos, me distraigo mirando por la ventana y me despido desde el aire del Teide, lanzando mentalmente un “hasta la próxima, querido volcán”. Pienso, afortunada de mí, que nuestro reencuentro va a suceder en menos de un mes, y saco el móvil para tirar una foto que me acompañe en estas semanas, hasta mi vuelta. Y, cuando me dispongo a guardar de nuevo mi teléfono, me doy cuenta.

Ella, mi compañera, está sollozando con fuerza. Intenta cubrirse parte del rostro con las manos, pero el movimiento de sus hombros la delata. Es esa contracción nerviosa que todos conocemos, cuando te asalta el hipo o el llanto incontrolable. La miro unos segundos, primero sorprendida, descolocada. Y luego conecto, desde el corazón, la coronilla y las tripas, con ese sufrimiento. Obviamente, no tengo ni idea de dónde surge el dolor que la invade, pero no importa. Me inclino para salvar el asiento ocupado por el bolso y con mi mano rodeo con suavidad, pero con firmeza, la muñeca de la mano en la que esconde el rostro para que no la vean llorar. No tengo ni idea de si mi atrevimiento va a ser bien recibido. Mis pensamientos vuelven a entrar en el juego, y me digo “si se está escondiendo, quizás no quiera que nadie lo note y ahora la que estás invadiendo eres tú, Eva”. Pero el corazón y la coronilla y las tripas me dicen que haga caso de mi intuición. Y a los escasos dos segundos, mi compañera de viaje rodea mi mano con la suya y continúa llorando sin descanso un tiempo más, que no puedo calibrar, porque lo único que importa es esa conexión empática y compasiva que se ha establecido con la desconocida a la que unos minutos antes estaba enjuiciando, obviamente de forma muy injusta. Finalmente, sin dejar de mirarla, veo que ella cruza su mirada con la mía y me dice “Gracias”. Yo le respondo “¿Necesitas algo?” y ella me dice, “¿Tienes kleenex?”. Yo rebusco en mi mochila, y recuerdo que justo esta mañana cogí un paquete de esos que ofrecen por cortesía en los hoteles, y que guardé por si acaso. Qué bien le van a venir a mi compañera de asiento en un momento así.

No cruzamos palabra a continuación, nos permitimos mutuamente ese espacio de silencio. En cuanto la luz de aviso de cinturones sobre nuestras cabezas nos indica que ya podemos desabrocharlos con seguridad, mi compañera se levanta camino del WC. Cuando regresa, veo que probablemente se haya lavado la cara y se ha quitado los surcos de rímel que antes le oscurecían el contorno de los ojos. Al sentarse, me sonríe tímidamente. Le pregunto simplemente si está mejor y entonces me cuenta lo que le sucede, mientras se vuelve a nublar su mirada. “A mi padre le ha dado un íctus y mientras volamos hacia Madrid, le están operando de urgencia. Cuando aterricemos y quite el modo avión del móvil, no sé si me van a dar una mala noticia”. Me cuenta los detalles, descarga su dolor conmigo, una desconocida que le ha ofrecido una mano que sostiene y un paquete de pañuelos de papel. Reconoce sus apegos, sus miedos… me cuenta que lleva treinta años viviendo en Tenerife, pero es de Sevilla, y que siempre le ha temido a un momento así, el tener que salir corriendo porque uno de sus progenitores esté en riesgo o muera y no llegar a tiempo. Simplemente escucho todo ese torbellino de información doliente y atropellada, reconociendo la profunda humanidad que nos está uniendo en ese momento. Más allá de los rasgos identitarios que esta desconocida y yo hayamos forjado en nuestras existencias, ahora mismo ambas somos cuerpo, con sensaciones, sentimientos y emociones; mente, con un sinfín de pensamientos, conexiones sinápticas y relaciones conceptuales, y espíritu. Y lo que nos hace más humanos, lo que hará que sobrevivamos como especie en este futuro incierto que se avecina, es la capacidad de empatía, la compasión y el amor. Ha sido la expresión de dolor de esta desconocida lo que me ha conectado con ella, espiritual, mental y físicamente, con mi mano sobre su mano, y ha hecho que surgiera el resto. El individualismo, el juicio que estaba poniendo en ella, nos estaban separando, desconectando. Me alegro poder servir de consuelo y ayuda en un momento tan difícil, de sostener su miedo e incertidumbre en el tiempo que dure el vuelo y de cubrir su necesidad de desahogo.

La ironía de toda la situación es que ha sido una formación de convivencia, CNV Comunicación No Violenta y prácticas restaurativas en el entorno escolar lo que me ha llevado a Tenerife los dos pasados días. Y recordando esto, al mismo tiempo me autoflagelo internamente por haber enjuiciado tan rápidamente el rictus serio, la respuesta seca, la falta de tacto de mi compañera en los primeros minutos del vuelo. Inmediatamente me recuerdo a mí misma que tampoco debemos tratarnos con dureza ni autoexigencia, sino con autocuidado y empatía hacia nosotros mismos, entendiendo que todos tenemos nuestras limitaciones.
Son innumerables las veces que la palabra “empatía” ha surgido en las conversaciones con el claustro al que Carla y yo hemos acompañado los pasados días. Hemos debatido con los docentes cuán importante es la conexión antes que tener razón, cómo es clave suspender el juicio ante el alumno disruptivo, ante el progenitor alterado en una reunión, ante el compañero quemado que nos da una mala contestación. Cuántas veces he manifestado, en esta formación y en otros talleres anteriores, la importancia de entender que detrás de cualquier comportamiento humano normalmente hay una necesidad, y que si esa necesidad no está cubierta adecuadamente surge el conflicto… En cualquier caso, también es importante practicar la autoempatía, así que dejo de castigarme y vuelvo a enfocar en lo que sí ha florecido entre esa desconocida y yo. Cuántas veces nos sucederá esto que acabo de contar… nos sabemos la teoría al dedillo, pero caemos pronto en el juicio ajeno y en la autoexigencia propia, algo que no nos ayuda a crecer en compañía del otro.

Sigo escuchando a mi compañera de viaje y rápidamente mi mente recuerda los principios de una buena escucha activa y empática: no distraerse; no interrumpir al que habla; no contar tu historia; no ofrecer ayuda, consejos no solicitados, soluciones prematuras o ponernos en “modo solución”; no minimizar o restarle importancia a lo que el otro siente; no contraargumentar; no escuchar esperando solo responder y no caer en el “síndrome del experto”. Espero haberlo hecho medianamente bien, aunque no haya podido evitar tener las reflexiones que plasmo en este post mientras estaba escuchándola.
Tras un buen rato de escucha empática, en la que he intentado hacerlo lo mejor que sé con las herramientas que tengo, le digo a mi compañera: “Por cierto, no nos hemos presentado, y se me hace un poco raro. Mi nombre es Eva”. Sonríe, algo más relajada, y me responde “Es cierto…. Soy Mayte”.
Gracias, Mayte, por haberme recordado, una vez más, la importancia de la compasión y la empatía como herramientas de convivencia, en estos tiempos de desasosiego en que algunos líderes mundiales deciden, como matones barriobajeros, los destinos de la humanidad. En esta era en que nuestra suerte como especie es más incierta que nunca. Tiempos en que es más importante que nunca practicar la esperanza activa, y no caer en la apatía, como nos recordaba la recientemente fallecida Jane Goodall, mientras organismos como la ONU tienen que soportar que le espeten su inutilidad desde la propia tribuna de la organización y la parálisis de los gobiernos del mundo no es capaz de atender a lo que las grandes multitudes claman en las calles. Yo tengo muy claro que en este momento de la Historia mi posicionamiento está al lado de la empatía, del amor, de lo que nos hace más humanos, de lo que nos une como especie.

Y gracias, Mayte, también, por haberme tocado la mano al aterrizar y decirme, con voz alegre y una sonrisa aliviada tras quitar el modo avión de tu teléfono móvil, “ayyyy, parece que la operación de mi padre ha ido bien, gracias por todo. Menuda suerte que estuvieras hoy en este vuelo”.
Lo mismo digo, Mayte. Gracias por dejarme practicar la “Pedagogía de la Reconexión”.


María Luisa Turell says
07/10/2025 at 11:03Muchas gracias, Eva, por compartir esta preciosidad con la que «empatizo» de principio a fin. Ojalá muchos pensaran y actuaran así… Lograríamos un mundo mejor para vivir y disfrutar y sobre todo dejaríamos a nuestros niños y jóvenes el ejemplo de solidaridad que tanto se necesita…
Eva says
07/10/2025 at 17:10Gracias a ti, María Luisa, por leerlo y por haber sido un ejemplo, en tus años de carrera docente, de esa persona empática que ha practicado siempre la «Pedagogía de la Reconexión» con tu alumnado.
Carolina says
29/10/2025 at 21:52Gran enseñanza a través del relato ! Muchos más como tú !
Eva says
01/11/2025 at 20:10Gracias, Carolina, por tu generoso comentario. Creo que no nos conocemos personalmente pero seguro que tú también eres de esas profesoras que transmiten con humanidad y compasión lo mucho que debemos cuidar al otro…
Carolina says
08/11/2025 at 23:05Así es al menos lo intento ! Graciass ! ( nos conocimos hace años en una formación en el colegio Zola de Las Rozas)